Todos los Santos y Mes de Difuntos

En la alegría de la festividad de Todos los Santos, la Iglesia (nosotros ) todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos que nos estimulan con su ejemplo, nos ayudan con su intercesión y mantienen viva nuestra esperanza de poder participar con ellos de su misma vida en el Cielo.

El Día de todos los Fieles Difuntos, somos nosotros los que hacemos oración  por cuantos nos han precedido en la fe y duermen en la esperanza de la resurrección. Unos y otros nos ponen en la pista de que en el Señor tenemos el Camino que nos conduce a nuestra plenitud como personas. La felicidad de cuantos, como Jesús, han pasado por la vida haciendo el Bien, anticipando con ello el abrazo que el Padre-Dios nos tiene prometido.

Con este motivo he recordado un cuento para ahondar en el misterio de estas dos fiestas que celebramos al comenzar el mes de noviembre. Ojalá y vayamos llenado nuestra vida de aquellas cosas que realmente merecen la pena. Aquellas por las que luchar cada día y nos ayudan a construirnos y a construir el mundo en que habitamos, según Dios.

“Un día, un anciano profesor fue llamado como experto para hablar sobre la planificación más eficaz del tiempo a los mandos superiores de algunas importantes empresas norteamericanas. Entonces decidió probar un experimento. De pie, frente al grupo listo para tomar apuntes, sacó de debajo de la mesa un gran vaso de cristal vacío. A la vez tomó también una docena de grandes piedras, del tamaño de pelotas de tenis, que colocó con delicadeza, una por una, en el vaso hasta llenarlo. Cuando ya no se podían meter más, preguntó a los alumnos: «¿Os parece que el vaso está lleno?», y todos respondieron: «¡Sí!». Esperó un instante e insistió: «¿Estáis seguros?».

Se inclinó de nuevo y sacó de debajo de la mesa una caja llena de gravilla que echó con precisión encima de las grandes piedras, moviendo levemente el vaso para que se colara entre ellas hasta el fondo. «¿Está lleno esta vez el vaso?», preguntó. Más prudentes, los alumnos comenzaron a comprender y respondieron: «Tal vez aún no». «¡Bien!», contestó el anciano profesor. Se inclinó de nuevo y sacó esta vez un saquito de arena que, con cuidado, echó en el vaso. La arena rellenó todos los espacios que había entre las piedras y la gravilla. Así que dijo de nuevo: «¿Está lleno ahora el vaso?». Y todos, sin dudar, respondieron: «¡No!». En efecto, respondió el anciano, y, tal como esperaban, tomó la jarra que estaba en la mesa y echó agua en el vaso hasta el borde.

En ese momento, alzó la vista hacia el auditorio y preguntó: «¿Cuál es la gran verdad que nos muestra ese experimento?». El más audaz, pensando en el tema del curso (la planificación del tiempo), respondió: «Demuestra que también cuando nuestra agenda está completamente llena, con un poco de buena voluntad, siempre se puede añadir algún compromiso más, alguna otra cosa por hacer». «No –respondió el profesor–; no es eso. Lo que el experimento demuestra es otra cosa: si no se introducen primero las piedras grandes en el vaso, jamás se conseguirá que quepan después». Tras un instante de silencio, todos se percataron de la evidencia de la afirmación. Así que prosiguió: «¿Cuáles son las piedras grandes, las prioridades, en vuestra vida? ¿La salud? ¿La familia? ¿Los amigos? ¿Defender una causa? ¿Llevar a cabo algo que os importa mucho? Lo importante es meter estas piedras grandes en primer lugar en vuestra agenda. Si se da prioridad a miles de otras cosas pequeñas (la gravilla, la arena), se llenará la vida de nimiedades y nunca se hallará tiempo para dedicarse a lo verdaderamente importante. Así que no olvidéis plantearos frecuentemente la pregunta: “¿Cuáles son las piedras grandes en mi vida?” y situarlas en el primer lugar de vuestra agenda». A continuación, con un gesto amistoso, el anciano profesor se despidió del auditorio y abandonó la sala.

A las «piedras grandes» mencionadas por el profesor –la salud, la familia, los amigos…– hay que añadir dos más, que son las mayores de todas: los dos mandamientos mayores: amar a Dios y amar al prójimo. Verdaderamente, amar a Dios, más que un mandamiento es un privilegio, una concesión. Si un día lo descubriéramos, no dejaríamos de dar gracias a Dios por el hecho de que nos mande amarle, y no querríamos hacer otra cosa más que cultivar este amor.


Te adoramos y admiramos, oh Dios,
el solo Santo entre todos los Santos,
e imploramos tu gracia
para que, realizando nuestra santidad en plenitud de tu amor,
pasemos de esta mesa de los que peregrinamos,
al banquete de la patria celestial.
 
(Oración final de la Eucaristía del día de Todos los Santos)
D. Francisco Guerrero González