El tiempo litúrgico del «Adviento».

Queridos hermanos y hermanas:

Este año ha comenzado el ADVIENTO
el domingo 29 de noviembre. Con
este tiempo litúrgico damos inicio
a un nuevo año para las celebraciones
de la vida de la Iglesia.
Estos tiempos son, siguiendo su orden:
Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Más el Tiempo Ordinario, que se intercala
entre Navidad y Cuaresma, y después
de la Cincuentena Pascual.

Este ciclo anual, que es el año litúrgico, nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la figura de Jesucristo haciendo un repaso ordenado de los distintos misterios que recorren su vida, desde su Nacimiento a su Resurrección y Ascensión a los cielos.

Tres son los ciclos que repetimos, A, B y C. Nos ofrecen la ocasión de mirar la persona de Jesús, El cambio de las lecturas de la Sagrada Escritura, cada ciclo, nos ayuda a ello. Por eso no son siempre las mismas. Por ejemplo, cada año se lee un Evangelista distinto, menos S. Juan, que se intercala a lo largo del año, en los tres ciclos.

Cercana ya la Navidad volvemos a prepararla espiritualmente con el Tiempo del Adviento. Son cuatro semanas que nos brindan la oportunidad de disponer a Jesús una digna morada, en nuestro propio corazón, y en el corazón del mundo que habitamos. “Abre tu tienda al Señor, recíbele dentro, escucha su voz prepara tu fuego que llega el Amor. Que se rompan las cadenas que se cante libertad el Señor nos va a salvar sanará nuestras heridas nuestro miedo y soledad Él será nuestra paz. Por la ruta de los pobres va María, va José van camino de Belén en sus ojos mil estrellas en su seno Emmanuel. Él será nuestro Rey”. Esta es la letra de una canción que nos invita a esa actitud de escucha, de espera y vigilancia activa ante la venida del Señor, cuyo nacimiento recordamos año tras año.

La palabra adviento significa venida. La Iglesia comienza a celebrar este tiempo con la intención de renovar una de las tres virtudes teologales que fundamentan nuestra vida cristiana: la esperanza. Una virtud que debe activar el mecanismo interno de la fe, en cuanto no significa sentarse a la espera, sino preparar la llegada del que está por venir. Como marco general es la esperanza activa ante el Señor que llega. Recordamos su venida en carne mortal: “(Jesús), nacido de mujer…”, según la carta a los Gálatas, capítulo 4. Pero también nos da ocasión este tiempo para estar atentos a la llegada del Señor en todo momento. El viene cuando menos se le espera, (Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora» Mt, 25,1-13). En este sentido me gusta la oración que hacemos en el segundo prefacio del Adviento de la misa que nos llama a estar despiertos, porque : El Señor se manifestará entonces lleno de gloria, el mismo que viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y para que demos testimonio por el amor, de la espera dichosa de su reino. Esta espera activa implica asimismo la renovación de todas las esperanzas que se ven truncadas por la fragilidad del ser humano, en su relación con los semejantes y con el resto de la naturaleza y la creación. Por eso es un tiempo oportuno para que nos preguntemos por nuestras esperanzas más cercanas. ¿Qué espero yo en este momento? ¿Qué esperanzas tengo que reforzar en mi vida?. ¿Qué tengo que preparar con esmero para que la llegada del Señor, en cualquier momento, no me pille fuera de juego, en el cuidado y atención de mi propia persona, en mi relación con la familia, con los amigos y compañeros, en los compromisos concretos que tengo en la sociedad o en la Iglesia, en la asociación, en la Hermandad…?.

En este hermoso escenario que la Iglesia nos ofrece en el Adviento, tres figuras destacan de manera singular para la preparación del nacimiento del Hijo de Dios: El profeta Isaías, Juan el Bautista y María de Nazaret.

El profeta Isaías. (Is. 53,11). Isaías, comenzó a predicar el mismo año en que murió el rey de Judá, Ozías, en el 740 a.C. Sus mensajes eran de ánimo ante tanto sufrimiento que tenía el Pueblo, constantemente sometido a enfrentamientos contra otras naciones e incluso deportaciones y exilios. Este profeta anuncia el salvador, el Mesías, ocho siglos antes de su nacimiento. Sus lecturas son empleadas en la liturgia durante las celebraciones eucarísticas del tiempo del Adviento. A nosotros también van dirigidas estas palabras de esperanza, pues todos estamos sometidos a la incertidumbre que nos provoca el pecado y del que Cristo viene a liberarnos.

San Juan Bautista. Cuando el Ángel Gabriel visitó a María, le anunció también que su prima Isabel, mayor y estéril, que no podía tener hijos, estaba ya embarazada de seis meses. Así que María fue a estar con ella y ayudarla durante tres meses. Su visita quedó para siempre recogida en el cántico del Magníficat. Juan Bautista fue el último profeta antes de que comenzase la vida pública y la misión de Jesús.

María. Sobre el papel de la Virgen María en la venida del Señor, la liturgia del Adviento ofrece dos síntesis, en los prefacios II y IV de este tiempo: «…Cristo Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al Misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza».

Ojalá y nuestras esperanzas se vean cumplidas y colmadas. Para que sea posible hemos de confiar en la fuerza que el Señor nos ofrece. “A Dios rogando y con el mazo dando”, no es más que la expresión popular del acierto con el que San Agustín nos llamaba a la tarea, pues: “El que te hizo a ti, sin ti, no te va a salvar sin ti.

Un abrazo. Francisco Guerrero González.