CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

OJALÁ ESCUCHÉIS HOY LA VOZ DEL SEÑOR

La voz de Dios acogida en nuestra vida, nos lleva a ser transmisores de su Palabra, como la luna refleja la luz del sol, y a ser portadores de esperanza en medio de las dificultades de la vida.

La voz de Dios acogida en nuestra vida, nos lleva a ser transmisores de su Palabra, como la luna refleja la luz del sol, y a ser portadores de esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Utilizando las mismas palabras del papa Francisco: La esperanza es como un  “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino (Mensaje para la cuaresma de 2021).

Siempre estaremos necesitados de ese agua que repare nuestras fuerzas en el camino de la vida. Especialmente en este tiempo de pandemia. En medio de tanto dolor, tanto sufrimiento y tantas llamadas a salir de esta crisis por el camino más fácil, no caigamos nosotros en la tentación de mirar la realidad de tejas abajo, como si sólo de las ofertas de felicidad materiales e inmediatas nos pudiera venir la salvación.  Que esta vida son cuatro días, que en el momento menos esperados nos llega el final, que lo que no disfrutemos ahora va a ser tiempo perdido…Decimos

Hermanos y hermanas, hoy damos comienzo al Triduo… en la eucaristía que esta comunidad parroquial celebra cada día, para dar gracias por los dones recibidos y para pedir al Señor que nos ayude a seguir siendo oyentes de su palabra, como así definió al cristiano un gran teólogo del siglo XX.

¿Quién podía imaginar el año pasado por estas fechas el vuelco que iba a dar la vida del planeta? Una crisis sanitaria con consecuencias sociales y económicas inesperadas, provocada por una enfermedad cruel, a la que no se acaba de vencer en la tan esperada batalla final.

El Evangelio que hemos escuchado nos da pie para manifestar nuestro agradecimiento a las personas que están siendo brazos de Dios para curar y cuidar a los enfermos. “La gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo). Frente al poder del diablo, que es el que divide, enfrenta y conduce a la muerte, Jesús es la manifestación plena del amor del Padre, que restaura nuestra naturaleza rota por el pecado. Unas veces son las fuerzas del mal presentes en la realidad en que vivimos, contaminando las mismas estructuras de la sociedad, como nos recordara San Juan Pablo II. Otras veces esa división la encontramos en nosotros mismos, en nuestro interior. Y ambas realidades de pecado, las sociales y las personales se alimentan mutuamente, generando los males que limitan nuestras  posibilidades de crecimiento y plenitud, como hijos e hijas de Dios. El pasaje del Evangelio se refiere a una persona a quien el demonio impedía hablar. El poder de Jesús, que ha recibido de su Padre, libera a ese hombre de la esclavitud para poder ser, no solo receptor de la salud recibida, sino emisor de la misma…que, “de la abundancia del corazón habla la boca”. ¿Qué nos está impidiendo hoy en nuestra sociedad, un poco sorda y un poco muda, escuchar y hablar con palabras de vida y para la vida?¿Qué nos calla?¿Por qué?

El año pasado por estas fechas habíamos empezado a celebrar los distintos actos de piedad ante la Semana Santa ya cercana. Así lo estábamos haciendo las hermandades que tienen su sede canónica en esta parroquia de San Pedro. Nosotros mismos tuvimos que interrumpir el triduo que estábamos celebrando en honor a Jesús orando en el huerto…

En medio de los sufrimientos provocados por la enfermedad del coronavirus, las respuestas compasivas están poniendo palabras de vida frente al silencio provocado por el sufrimiento y del dolor.  Son respuestas que restauran y  humanizan el servicio de atención a los enfermos, que ponen salud y esperanza en medio de la oscuridad.

En los hospitales y en las residencias de asistidos o de personas mayores, los profesionales de la salud, desde la diversidad de servicios y tareas que se prestan en el cuidado y acompañamiento a los enfermos,  han tocado cada día, desde su entrega, la cruz del amor que da la vida. Así ha sido en nuestras parroquias, pequeñas y grandes, atendidas por mis compañeros sacerdotes, entristecidos por no poder acompañar en el duelo a sus feligreses, como se venía haciendo desde que tenemos memoria. Hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y laicos desbordados por el peso de la cruz del sufrimiento de aquellos a quienes aman y sirven.

Nunca se  había visto sufrir al personal sanitario como ahora, sobre todo en las primeras semanas de la pandemia. Está siendo un llanto silencioso, pero convertido a la vez en grito de rabia por la impotencia de no llegar a tiempo, de no saber cómo actuar. La aparente distancia en el trato para con los enfermos, estaba siendo vencida por el sentimiento expresado en tristeza y llanto. Es la experiencia del sanador herido, como la han llamado algunos. Todos los servicios del hospital: desde la gerencia al personal administrativo; desde los celadores al personal de limpieza; desde el de mantenimiento al de cafetería, estábamos sobrecogidos… cada cual desempeñando un papel imprescindible para el bien común en esta situación de crisis inesperada. Muchas veces la cruz se presenta así en nuestras vidas.

En las vísperas de la Pasión del Señor, la pandemia y la cruz nos hablan de la compasión vivida por las personas de buena voluntad a lo largo de este año. Personas que han hecho suyo el sufrimiento del hermano: hijos y padres, profesionales de la salud y enfermos, sacerdotes y feligreses, poderes públicos, procurando los medios para ir arrinconando, poco a poco, a la nueva enfermedad. Los aplausos de las ocho de la tarde se hacían verdaderos en las manos que atendían al enfermo, o se elevaban al cielo para devolver con respeto a Dios Padre a sus hijos e hijas en cada funeral de despedida. Como decía un compañero mío: “Cada cura de cada pueblo, se ha desvivido y reinventado para acompañar a su gente en este momento de dolor”.

Como nos recordaba, un sacerdote compañero, formador de nuestro seminario: (Lo que nuestra fe puede aprender de esta pandemia. Reflexión teológica).“Los actos de culto no se limitan a los que podemos hacer en la iglesia: para un cristiano, los actos de culto son las actividades de la propia vida cuando las vivimos como sacrificio ofrecido a Dios por medio de Jesús. Nuestro bautismo nos ha convertido en sacerdotes que, por medio de Jesús, ofrecen a Dios el trabajo, el ocio, las preocupaciones, las alegrías. Unidos a Cristo hacemos de los pequeños gestos de cada día una ofrenda agradable a Dios; hacer las cosas en nombre de Jesús convierte nuestra vida en culto a Dios”.

Se suprimieron temporalmente las celebraciones litúrgicas, pero el culto agradable a Dios continuó en el amor y en el servicio concreto  a los demás, realizado en su nombre. Ese ha sido el agua viva, como nos decía el Papa Francisco, que nos está permitiendo continuar nuestro camino. Ese agua se llama esperanza.

No apaguemos la llama humeante, que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza. Oración Papa Francisco en la plaza de San Pedro, 27 de marzo de 2020.

(Fragmento extraído del sermón de nuestro Consiliario D. Francisco Guerrero González, en la primera sesión del Triduo a nuestro Titular Jesús Orando en el Huerto)

«La Madrugá» de Abel Moreno Gomez, interpretada por cuarteto de cuerda. Mas detalles aquí.